Uno puede imaginarse a un grupo de personas recolectando firmas para conseguir algún cambio en una política pública de cualquiera de los países de América Latina, trajinando las calles con una mesa y una pancarta, con formularios en los que los ciudadanos consumidores estampen su firma adhiriendo a la petición. Es probable que esas personas que buscan influir en decisiones trascendentales añoren la posibilidad de multiplicarse al máximo, estar en la mayor cantidad de lugares con sus mesas y formularios para impactar de forma mucho más contundente.
Ya no es necesario hacer sólo un trabajo presencial para cumplir lo que se añora. Las herramientas tecnológicas nos han permitido multiplicar casi al infinito las posibilidades de influencia, de control social, de construcción ciudadana.
No es poco común leer y escuchar análisis extensos sobre el impacto que el uso de las TIC tiene en nuestras sociedades. Un mundo interconectado es un mundo verdaderamente global, pero también puede ser un mundo que no sepa qué hacer con aquello de lo que dispone. El hombre prehistórico tenía a su mano, ahí en la naturaleza, todos los elementos para poder desarrollar su sociedad; allí estaban el aluminio, el caucho, el fósforo, todos elementos que hoy nos dan, transformados, los computadores, los neumáticos, la pólvora. Lo que era necesario para llegar a ellos era tiempo, evolución, persistencia, ingenio.
Las herramientas que nos da la tecnología nos están permitiendo avanzar hacia los nuevos horizontes de desarrollo que pretendemos. Y, como en la edad de piedra, nosotros somos los que tenemos que aguzar ese ingenio para transformar lo que tenemos en algo superador, innovador. Tenemos también, en clara diferencia con nuestros antepasados, la posibilidad de relacionarnos como nunca antes. Nuestras posibilidades de comunicarnos con el otro están a un solo click de distancia. Pero eso no es suficiente, porque es necesario que tomemos real conciencia de lo que significa comunicarse, algo que trasciende el mero intercambio de información, algo de lo que hoy tenemos a raudales pero que tantas veces no nos sirve por no saber cómo manejarla.
Para los que trabajamos en el campo social es imprescindible que no sólo usemos aquello que nos permite la tecnología sino que nos instruyamos en su uso, que generemos las capacidades propias y de nuestros grupos de pertenencia para conseguir los mayores provechos y beneficios que estas herramientas puedan darnos. No es sólo tenerlas y usarlas sino trazar planes para maximizar su poderío.
Así como las redes sociales nos permiten, por ejemplo, recordar la fecha de cumpleaños de nuestros amigos y familiares y saludarlos, esta posibilidad tiene que extenderse a esas otras cosas que también nos aparecen como esenciales. Decirle a un gobierno que está acertado o errado en una política, abogar por que determinadas prácticas se cambien o se profundicen, sumar voluntades para fortalecer una iniciativa, un pedido o sostener una causa que estimamos noble y justa, son ejemplos de aquello que hoy se nos presenta como posible echando mano a las TIC.
Es indudable que tenemos desafíos que nos permiten soñar con que los cambios que queremos pueden lograrse de una manera distinta a lo que estábamos acostumbrados. Uno de los mayores beneficios que tiene la tecnología de hoy es que aprehenderla es mucho más sencillo de lo que parece, y usarla aún más. Pero nada de ello dará frutos que se mantengan si no trazamos planes concretos que nos permitan llegar adonde queremos, si no tenemos en claro que las herramientas, por si solas, no bastan si no vienen acompañadas de aquello que desde el principio de los tiempos ha existido, y que es la voluntad de las personas por unirse a los otros en pos de aquello que entendemos como superador de lo que actualmente tenemos.
Escrito por Atonino Serra Cambaceres

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